Las Virgenes de Caxas

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Las Virgenes de Caxas

En todos los relatos de los cronistas, desde Jérez, se siente la impresión perdurable que en los españoles dejó la visión del primer pueblo incaico poblado, que estos hallaron. Este fue el de Caxas. De San Miguel, Pizarro siguió a Serrán. Trujillo dice que ahí descansaron un mes y que fue en este punto donde tuvieron las primeras noticias precisas de la sierra del Perú, que hasta entonces creían poblada sólo
de la nieve y de Atabalipa y sus ejércitos. De Serrán partía, sierra arriba, un camino incaico, portador de tales noticias. Pizarro envía a Hernando
de Soto con cuarenta hombres que siga dicho camino, para informarse de la tierra. Soto camina veinte leguas y encuentra regiones pobladas y un pueblo llamado Caxas.
En Caxas, dice Diego de Trujillo, que fue entre los soldados de Soto, había grandes edificios y tres casas de mujeres escogidas que llamaban mamaconas. Mandaba en este pueblo un capitán Atabalipa con dos mil indios de guerra. Soto llevaba instrucciones de paz. Pero los recintos cerrados de las vírgenes del Sol incitaban a sus soldados, ansiosos de la fruta del paraíso. Soto tuvo que ceder al reclamo de sus tropas. Ordenó que las mujeres fueran sacadas a la plaza, y eran como quinientas. Allí se procedió al reparto, escogiendo cada español la mujer que más le plugo. El capitán de Atabalipa se indignó con el vicioso reparto y apostrofó a Soto amenazándole con el castigo de Atahualpa:

? ¿Cómo osáis vosotros hacer esto, estando Atabalipa veinte leguas de aquí? Porque no ha de quedar hombre vivo de vosotros.
Soto estuvo a punto de prenderle y matarle sus hombres; pero, temiendo contrariar sus terminantes instrucciones, envío mensajeros a Pizarro preguntándole qué debía hacer. El cauteloso gobernador le ordenó que no cometiera ninguna violencia, que demostrase mas bien que le inspiraban miedo sus amenazas, y llevara con engaño al capitán a su presencia. Así lo hizo Soto. Pero un confuso porvenir humano estaba forjándose, a despecho del capitán de Atabalipa, en las entrañas de las vírgenes del Sol.
De Serrán, la hueste de Pizarro sigue a un puesto que se dice Cala o Tala, punto no mencionado por otros cronistas, y luego por Cinto y por Motupe, tierra seca sin agua, donde se padeció gran trabajo de sed y caminos. El río Zaña los detiene con su caudal, ?furioso y grande?, como dice Jérez. Trujillo da una explicación del grueso volumen del río, atribuyéndola a la ingeniería hidráulica de los indios: ?y era grande porque los indios echaron todas las acequias por él?, apunta.
Zaña era otra gran población incaica, con buenos depósitos de comida y de ropa, y lugar donde se hallan las primeras gallinas, semejantes a las de Castilla, pero blancas, con lo que se desmiente la afirmación de Garcilaso de que las gallinas fueron llevadas de España al Perú.
De Zaña se dirigen a la sierra. Trujillo relata, en forma nueva, algunos episodios de su marcha. Los expedicionarios se detienen veinte días en un pueblo situado a quince leguas de Cajamarca. Desde allí se entablan negociaciones diplomáticas con Atahualpa. Van y vienen mensajeros.
Pizarro envía al capitán que tomaron preso en Caxas. Este regresa trayendo un obsequio de Atahualpa, ya descrito por otros cronistas: unos patos desollados y llenos de lana ?que parecían añagazas para matar a sisones?. Los españoles interrogan la significación de este envío, y el mensajero responde:

Dice Atabalipa que de esta manera os ha de poner los cueros a todos vosotros si no le volvéis cuanto le aveis tomado en la tierra.
¡Cuánto más cierta esta versión realista, que la poética urdimbre de Garcilaso de un inca que se echaba a llorar al saber la llegada de los Viracochas, sabiendo cumplida la profecía de su padre Huayna Cápac, y se disponía a entregarles su imperio, ordenando a sus súbditos que no combatieran!
Pizarro responde con un presente significativo de paz y deseoso de un avenimiento cordial. Le envía una copa de fino cristal de Venecia, unos
borceguíes, camisas de Holanda y cuentas de colores. Atahualpa se admira de los regalos, pero ordena atacar a los españoles y desollarlos según su mensaje. Sus cortesanos le disuaden, seguramente espoleados por la curiosidad.
El capitán de Caxas le asegura que son muy pocos y que, en un caso dado, él se los entregará atados, porque ha comprobado que le tienen miedo. Y aquí una bella conseja sobre el alma india: el capitán de Atabalipa le pide que no mate a todos los españoles sino que salve a tres de ellos que le serán muy útiles: el herrero, el barbero ?que hacía mozos a los jóvenes?, y ?a Hernando Sánchez Morillo que era volteador?.
Parece casi la respuesta a una encuesta curiosa:
¿Qué hubieran deseado los incas del Perú si les hubieran dado a escoger, como en un cuento, tres cosas de la civilización occidental?
Y en la respuesta se vislumbra un espíritu de utilidad y un afán de belleza:
Primero, el hierro, una oscura aspiración de una raza que no había vencido aún la etapa del bronce. El hierro para forjarse armas, como las de los españoles, duras y brillantes, e instrumentos de trabajo para la gran colmena incaica.
Pero también un anhelo de vida joven y bella: los indios usaban para arrancarse los pelos de la barba unas tenacillas, de aquellas que el Licenciado Vaca de Castro envió mas tarde a su mujer, aunque estaba seguro que ella ?no las habría de menester?; y la importancia que al arte de la peluquería concedían los incas está manifiesta no sólo en la
división de toda la población del Tahuantinsuyo, según el tocado de la cabeza y el corte de pelo, sino en qué eran tenidos los barberos:
Quisquis, que quiere decir barbero, fue, a la vez que barbero de Huayna Cápac, uno de sus grandes generales. Y a esta preocupación de toilette hubiera debido el maestro Francisco López, barbero de Pizarro, el ser uno de los tres únicos españoles que sobreviviera en el caso de un triunfo de Atahualpa sobre las tropas de Pizarro.
El tercer asombro indio fue ante la destreza de manejar el lazo y derribar caballos de un oscuro soldado de la conquista: poco menos que un Dios debieron ver en Hernando Sánchez Morillo, quienes miraban a los caballos como seres sobrenaturales. El espíritu defensivo de los indios trabaja allí subconscientemente: Hay que aprender el secreto con el cual se desbarataba a aquellos monstruos a la mitad de su trágica carrera.
El herrero, el barbero, el volteador. He ahí las tres elecciones del espíritu
incaico: Trabajo, juego, y belleza; como en una síntesis helénica

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